Cabezonería o persistencia

Soy  cabezota.  Aquellos que me conocen bien y lo sufren en sus propias carnes  lo saben; tengo que agradecerles su paciencia, su sonrisa, que me digan aquello de “si tan claro lo tienes, adelante!” , que me dejen volar hasta estrellarme y después no me digan “te lo dije” y que le cambien el nombre por otro más fino como “persistente”.A pesar de todo ello está en mi genética, soy cabezota.  Afortunadamente me considero una cabezota que escucha y acepta críticas (algo he aprendido de tanto estrellarme)  y de eso trata la historia de hoy, de ser persistente en condiciones.

 Ser cabezota tiene sus ventajas (no todo iba a ser malo ¿no?) y una de ellas es la política del esfuerzo.  Si estoy plenamente convencida de lo que hago, puede que tarde mucho o poco, pero llegaré a la meta y seguramente con éxito, por muy grande, extraño o imposible que sea el objetivo a conseguir.

Como todo, y como con todas las características humanas debemos escoger lo mejor de cada una de ellas y descartar o modificar lo no es válido, o lo que no nos permite relacionarnos con los demás.  Siempre hay que recordar que la teoría del café para todos no existe y que puede que lo que yo piense no le valga a mi vecino.

Así que con esta premisa, me planteo mi cabezonería de la siguiente manera:

1.       Aprendo a escuchar y valorar otras opiniones, que aunque diferentes a la mía, puedan hacer un todo mucho más rico de mis propias ideas o intuiciones.

2.       Dejo una puerta siempre abierta y no me cierro en banda, respetando siempre la opinión del otro, por muy absurda que parezca.

3.       Cuando no veo salida, acepto ayuda.

Ninguno de los tres puntos son fáciles de conseguir, es un trabajo de campo arduo y constante, pero hace que la cabezonería sea útil.

Ayer estuve cenando con unos grandes amigos (es uno de los motivos por los que hoy me sienta tan feliz!) y recordamos una anécdota de hace unos años: uno de los amigos presentes me invitó a ir una tarde a su casa en el centro de la ciudad…me perdí (aunque he de decir en mi defensa que soy la desorientación de la orientación).  El caso es, que en lugar de parar, llamar, pedir ayuda y escuchar las indicaciones de forma calmada, me bloqueé y di rienda suelta a mi cabezonería, que se empeñó en perderse aún más y llegar a destino dos horas y media tarde (conociendo a mi amigo y sus ganas de picarme, oiré esta anécdota durante el resto de mis días!).

Podemos ser y sentirnos muy fuertes, muy capaces y muy hábiles, pero siempre hay un momento en el que tenemos que pedir ayuda.  Lo bueno es que, a pesar de lo que pensemos y parezca, nunca estamos solos y siempre hay alguien que nos echará una mano…o dos, desinteresadamente.

Nadie es imprescindible, nadie…Y el mundo no se parará si nosotros nos bajamos, como las empresas no cerrarán si decidimos coger un día de asueto y nadie se escandalizará si decidimos pedir ayuda y delegar (que es muy diferente a tan solo delegar).

Y con ello volvemos al quiz de historias anteriores de este blog, que tratan sobre ser responsables en cuanto a nuestras actitudes, roles y capacidades.  Así que os pido que recordéis que trabajar en equipo aunando esfuerzos en todos los ámbitos funciona muchísimo mejor…y además puede ser extremadamente divertido.

Gracias por leer.

Diana Llapart

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