¿Cuándo se nos olvidó?

Estoy en el coche, música relajante de piano de fondo, esperando en la primera línea de arranque a que el semáforo de la transitada Diagonal se ponga en verde.

Es un buen momento para fijarse en lo que cruza delante de uno.  Personas pasan pisando ese paso de cebra que poco a poco les llevarán al otro lado de la avenida.  Pasan dormidos, en bicicleta, cabizbajos, escuchando música.  La gran mayoría mirando el móvil que les da la última noticia de instagram, twitter o facebook.

Pero hay algo diferente que me hace sonreír: una personita de la mano de su abuela que está más pendiente de todo lo que le rodea más que de caminar.  Su mentora intenta apresurarle sin éxito mientras la luz de peatones parpadea. Él, con esa sabiduría inmensa que tienen las personitas de apenas un metro de altura, sigue asombrándose de su alrededor, sorpresa tras sorpresa, boca y ojos bien abiertos, mientras sus pasos tambalean para llegar a la otra orilla de este río de asfalto.

Sigo su trayecto y mi sonrisa se hace mayor cuando por fin y con un último salto salva el obstáculo de subir a la acera.

El semáforo cambia de color y arranco pensando…

¿en qué momento se nos ha olvidado asombrarnos con las pequeñas cosas, las grandes cosas de nuestro alrededor?

¿en qué momento se nos ha olvidado mirar hacia el cielo, pausar y disfrutar de la luz, del sol, del color?

¿en qué momento hemos cambiado una fotografía en el móvil por la experiencia de vivir esa misma instantánea?

¿en qué momento…?

Asómbrate, vuélvete niño de nuevo, aprende y vuelve a vivir cada segundo todo lo que te regala tu alrededor.  Eso es el mítico “vivir el ahora”.  Realmente no es tan complicado.  Ya has sido niño antes, vuelve a intentarlo.

Diana Llapart

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Los dos tipos de gracias

Existen dos tipos de gracias y curiosamente aunque comparten el mismo vocablo distan un infinito uno de otro.

El primero es el aportado por la educación.  Es el que te enseñaron a decir al recibir alguna cosa hubieras pedido o no -aunque no nos engañemos, algunos obvian este principio básico de educación-.

Después está el segundo tipo, el que sale del corazón.  El que se expresa de forma natural cuando alguien se preocupa por ti, cuando sientes la amabilidad al preguntarte, cuando te escuchan con bondad; el que te sale de tus labios sin pensar apreciando todo el esfuerzo que alguien ha hecho por ti.

El que simplemente calienta tu corazón cuando sabes que alguien allí fuera piensa únicamente en ti.

Rodéate de esas personas que dan a la palabra “gracias” todo su sentido, esas personas que te provocan una sonrisa al pensar en ellas.

Vale la pena vivir en un mundo a su lado.

La historia que nos define

Todos tenemos una historia que nos define, una mejor, otra peor, pero ninguna de ellas es extremadamente inaceptable.

Nadie es tan inaceptable para atreverse a decir  “voy a tratar mal, ser injusto o brutalmente implacable con tal o cual persona aunque no se lo merezcan”.  Por mucho que pensemos que hay sujetos así, la verdad es que no hay nadie tan inaceptable.

Algunos sí se atreven a mostrar su historia diciendo algo así como “ahora que lo tengo comiendo de mi mano voy a  demostrar mi poder sobre él/ella tan solo porque puedo hacerlo”.

Y realmente es muy poco frecuente encontrarte con un narcisista ególatra que expresa públicamente que es el centro del universo y que todos deberían adorarle simplemente porque se lo merece.  Aunque alguno hay por ahí…

Todos tenemos una historia que nos define y que defendemos al interactuar con otros.  Es la historia que nos repetimos para demostrarnos o justificar lo que hemos construido, cómo hemos llegado aquí o las prioridades más urgentes que queremos conseguir. Nos la repetimos como un mantra, una y otra vez.  En ocasiones para justificar lo hecho -aunque no siempre nos haya gustado- otras, para desterrar la desilusión o el miedo de haber podido elegir otro camino.

Para ser fiel a la verdad hay que decir que esa historia tan bien construida que disculpa cada uno de nuestros actos no es real.  Tan solo es nuestra propia versión, la cháchara mental de lo que nos ocurre; una mezcla de excusas, de nuestra propia percepción y de inseguridad que teje una perfecta historia para poder explicar, para poder seguir en la lucha -sea la que sea-.

Y la historia la escribimos con nuestras quejas, resentimientos, amores o percepción de privilegios tanto propios como ajenos.

Nadie es inaceptable, o mejor dicho, nadie cree ser inaceptable, o borde, o intransigente.

Es por ello que cuando alguien se atreve a cuestionar, preguntar u opinar en contra de esa historia tan bien construida no reaccionamos nada bien.  No lo hacemos porque la propia historia se ha convertido en todo nuestro mundo, tanto, que nos es imposible ver más allá.

Y cuando una persona nos aporta una visión del universo en lugar de tan solo nuestro pueblo natal reaccionamos con ira porque nuestra propia historia nos vuelve ciegos.  Ver el universo a través de los ojos de otra persona requiere un esfuerzo que no estamos dispuestos a hacer.  Requiere salir de nuestra zona de confort, reescribir la historia, reescribir los objetivos, encauzar la propia vida que vivimos. Requiere abrir la mente a otras posibilidades, a otras formas de pensar.  Requiere ver más allá.

El cambiar la historia es posible, pero requiere tiempo y sinceridad con uno mismo.  La ventaja cuando lo haces es que dejas de culpar al mundo externo de lo que te ocurre, te abres a él y permites que tu visión de las cosas se amplíe.  Cuando más amplia sea tu visión, más oportunidades tienes de que te ocurran cosas diferentes.

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Aceptar ayuda

¿Qué haces cuando te pierdes conduciendo?

Coges un mapa para saber dónde estás, o entras las coordenadas en tu gps para que te lleve de forma segura a casa.

En dos palabras: aceptas ayuda.

¿Qué haces cuando te pierdes en tu vida?¿Aceptas ayuda?

Hay personas que son mapas o que actúan como un gps para llevarte de forma segura a casa.

Piénsalo, a veces es bueno aceptar esa ayuda con alegría y agradecimiento.

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A la carrera

¿Harías una carrera de meditación? ¿una carrera de relajación?

¿Harías una carrera de reiki?

¿Correrías 10 kilómetros practicando yoga?

Claro que no, no tiene sentido estresar tu cuerpo si lo que deseas es el efecto contrario.

Mi pregunta es… ¿entonces por qué lo haces?

¿Por qué te pones un límite tan corto de tiempo para encontrar beneficios en la relajación, en la sanación, en la meditación?…si es que alguna vez te has planteado este camino.

Si comes mal durante años, una semana de alimentación sana no arreglarán las cosas.

Si has consumido la energía de tu cuerpo durante años por hábitos tóxicos una o dos o incluso tres sesiones de reiki no lo arreglarán en un plis.  Reiki es rápido pero te aseguro que no tanto.

Si has cargado de estrés tu cuerpo por 5, 10, 15 o 20 años, dos años de consciencia en cualquier disciplina de crecimiento personal es tan solo el primer paso a intentar equilibrar cada uno de los órganos de tu interior.

El equilibrio y la paz interna no se consigue en períodos cortos.  La sanación del cuerpo tampoco.

Así que deja de correr en una carrera en la que la única forma de ganar es parar, observar, ser humilde y persistente.  En unos años tu cuerpo, tu mente y tu alrededor te lo agradecerán.

La impaciencia no es aliada de la sanación.

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¿Por qué no me sale bien?

La gran pregunta ¿Por qué no me sale bien?

Te mueves, trabajas para que tu proyecto, tu creación haga ruido, para que llegue al público, llegue al exterior.  Después llega la frustración de ver que todo el esfuerzo no da los resultados esperados.

¿Por qué tus proyectos, tus ideas, tus metas no salen bien?¿por qué se postergan, se diluyen, se paran?

Quizás sea porque no sabes exactamente qué necesitas hacer.

Quizás porque no sabes hacer lo que necesitas hacer.

O quizás sea porque te da miedo enfrentarte a algo nuevo, a lo que realmente debe hacerse.

Después llega la frustración.  La que te limita.  La que impide moverte.  La que te provoca hastío. La que pone en palabras y pensamientos de los que te observan -aquellos que no se mueven y continúan por el camino de la burocracia rígida- el famoso “te lo dije”.

Pero…

Te explicaré algo sobre la frustración: quien no se frustra no avanza.  Quien no se ha frustrado nunca vive en la complacencia de un éxito engañoso.  Quien no se ha frustrado alguna vez no se levanta al caer, se queda en el suelo víctima de la queja, atrapado en ella.

Te diré algo más sobre la frustración, te enseña algo importantísimo: cómo levantarse de nuevo con una nueva actitud.  Te vuelve creativo.  Te vuelve más atento.  Te vuelve más sabio.

Así después de la rabia, enfado, hastío cuando llegues la frustración recuerda para qué sirve.  Recuerda su aprendizaje.  Recuerda que te enseña algo más que puedes hacer.

Puedes cambiar de modelo,  diseccionar tu proyecto, globalizarlo, simplificarlo, abrir un nuevo camino, o simplemente probar, probar y probar.

Frustrarte sobre todo te enseña a lidiar con tu miedo, porque tu miedo es el factor limitante de que tu proyecto no se lleve a término.

Fluye en tu proyecto, cree en ti mismo, se creativo, trabaja con alegría y deja que el universo ponga las cosas en su lugar.

Es mucho más fácil de lo que crees.