Clavos en el corazón

Cada día intento hablar más sin pensar y cada día intento separar la emoción de lo que dirán mis palabras después.Cada día también intento, utilizar la cabeza en primer lugar y el corazón en segundo, aunque no siempre sea el orden en el que quiero las cosas en ese momento…Pero sí es cierto que más de una vez, he conseguido bloquear las palabras que podía notar ascender por mi garganta desde el foco inicial de la rabia.

Mucho de ese aprendizaje se lo debo al refrán sufí  “Hay tres cosas que nunca vuelven atrás: la flecha lanzada, la oportunidad perdida y la palabra pronunciada” y a este cuento…

Que lo disfrutéis…

Diana Llapart

Esta es la historia de un muchacho que tenía muy mal carácter.

Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día, el muchacho clavó 37 clavos.

Las semanas que siguieron, a medida que aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta, hasta que descubrió que era más fácil controlar su genio que atravesar la madera con unos clavos.

Fue entonces, que pudiendo controlar su carácter durante todo el día, informó a su padre, quien le sugirió que retirara un clavo por cada día que lograra apaciguar su ira.

Los días pasaron y el joven pudo anunciar a su padre que no quedaban más clavos que retirar de la puerta… entonces su padre le tomó de la mano, lo llevó hasta ella y le dijo:

“Has trabajado duro hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más será la misma.

Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves.

Puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, puedes atacar a otros para apaciguar y volcar tu propia rabia en ellos, incluso puedes provocar malestar a alguien a quien ves feliz porque tú no lo eres, pero recuerda siempre que el modo como hables puede devastarlo y la cicatriz, aunque hayas sido perdonado de corazón, perdurará para siempre, igual que estas marcas en la madera.”

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