El Tren

Comparo la vida de cada uno como un tren.  La longitud del mismo está en virtud de la capacidad de empatía, falsedad o buen hacer que se tenga con las personas, tanto sean valores de bondad, como de puro interés,  la diferencia tan solo residirà en que al final del trayecto, los vagones  estarán vacíos o a rebosar, ya que lo único que nos llevamos realmente cuando dejamos este mundo es el amor que otros corazones emanan por el nuestro.

En este tren que nosotros como maquinistas dirigimos, paramos en diferentes estaciones donde nos encontramos con diferentes personas  a las que un día decidimos invitar a subir y probar uno de nuestros vagones.  A algunos incluso los llevamos hasta la sala de máquinas mostrándoles todos los entresijos de nuestra alma y nos sentimos felices al poder compartir el contenido de la misma.  Algunos de ellos jamás abandonarán esa posición privilegiada en nuestro corazón y llegarán hasta el final del viaje en nuestra compañía.

Otros sin embargo tan solo siguen el camino de su propia evolución en un período compartido en el que ambos hemos compartido aprendizaje.  Y por mucho que nos duela, que nos sintamos culpables por ya no estar cómodos en su compañía, o al margen de la lástima que podemos sentir, deben bajar del tren.  ¿Por qué? Porque tanto su camino  como el nuestro, toman vertientes diferentes.

En algún caso, alguien cercano que ha permanecido con nosotros durante años y que ha compartido momentos de comunión, decide actuar de una manera que no llegamos a comprender.  Y aunque nos duele muchísimo aceptar lo que está ocurriendo, nos damos cuenta que cada vez el abismo es mayor en nuestra forma de ser: vemos las cosas de forma diferente, actuamos de forma diferente e incluso su propia presencia nos desequilibra.  Es entonces cuando al parar el tren en la próxima estación sabemos que debe bajar .  Es en ese momento cuando el desapego entra en acción.

La lección del desapego está íntimamente unida a la forma de amor más sublime que puede existir: la compasión.  Desafortunadamente ésta palabra está asociada a dar pena o a actuar de forma servil mientras el victimista (que de víctima tiene bien poco) pone carita de pena.  La compasión no tiene nada que ver con esta visión, es símbolo de fortaleza, de equilibrio y de amor.

Así que cuando el tren llega a esa estación en la que sabemos con certeza habrá una ruptura con alguien al que hemos querido profundamente, debemos permitir que baje, ya que si no lo hace jamás aprenderá su propia lección.  El acto de amor de la compasión consiste en que aún a sabiendas que su caída será fuerte, nos mantendremos un paso atrás y esta vez, no pondremos un cojín para amortiguar el golpe.  A buen seguro que nos dolerá más que él, pero es la única manera de seguir adelante y aprender para ser mejor persona.

Y cuando de nuevo nos pongamos en marcha en la sala de máquinas de nuestro tren, dejando un trocito de nuestro corazón en el andén, sabremos que hemos hecho lo correcto.

Todos tenemos un momento de desapego y todos tenemos que enfrentarnos a la gran separación, al divorcio o bien de una pareja, de amigos, de amantes o de socios.

El darnos cuenta que nada es realmente nuestro, que nada nos pertenece excepto nuestra propia vida y que son los demás los que nos otorgan el regalo de su compañía; el aceptar que cuando deciden marchar pueden hacerlo y que nosotros lo asumiremos porque forma parte del mismo proceso de evolución de la propia vida; el asumir que todos los momentos han sido fantásticos y enterrar el rencor porque simplemente han decidido tomar otro camino diferente al nuestro y no por ello lo hacen mal.

El dejar ir y seguir estando agradecidos porque durante un ratito han compartido vagón con nosotros…

Todo ello forma parte de la gran lección: el amor de la compasión.

Es por ello que no tengo más que palabras de agradecimiento llenas inmenso amor de mi propio corazón, para todos aquellos que por el momento, comparten espacio en la sala de máquinas de mi propio tren.  Espero terminar el trayecto junto a vuestra compañía.

Diana Llapart

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