Maldita paciencia

Imagina que te regalo una cápsula del mejor café del mundo.  Un café extraordinario.  Es tan especial que para llenar tu tacita de café debes tener paciencia, ya que filtra de gota en gota.

¿Crees que la larga espera vale la pena? Sí ¿verdad? sobre todo si eres amante del café.

La paciencia tiene esa peculiaridad: si ves que el resultado es extraordinario y de alguna manera puedes medir el proceso, tienes paciencia. Crees que vale la pena.

El problema viene cuando el proceso no es mesurable.  Trabajas duro, horas de dedicación, tu mente creativa se despierta totalmente creando un material detrás de otro y esperas -tal y como te han enseñado de pequeñito- que con estos ingredientes el éxito está asegurado en poco y nada.

La decepción viene cuando descubres que eso no funciona así.  Y ahí te quedas esperando ese sabor de café extraordinario que no acaba de llegar.

En ese momento decides que puedes hacer tres cosas cosas:

1ª Abandonar.

2ª Seguir intentándolo a full y esperar.

3ª Cambiar drásticamente de registro comenzando de nuevo por otra vía.

La segunda opción de momento no te ha llevado a ningún lado y optas por la última, al menos, piensas, intentaré algo diferente.  Y vuelta a comenzar hasta que llegas otra vez al mismo punto en el que, de nuevo, debes tomar la misma decisión.

Cierto.  La paciencia del trabajo hecho no se ve.  No puedes ver cómo se llena tu tacita de un café extraordinario, cómo tampoco puedes ver las raíces -tu trabajo realizado- que se tejen debajo de una tierra aparentemente estéril. La mayor parte de lo que es importante para ti no se muestra o es invisible a primera vista.

Gota a gota, como ese café extraordinario, es cómo se construyen las cosas.  Aunque no puedas verlas.

Un “no” más, otro fracaso, una lección más aprendida. Un paso más hacia donde te lleva la fe en ti mismo y tu trabajo.

La diferencia es que no esperas a una taza de café, sino a un viaje hacia tu propio éxito.

Tú decides si en el camino tomas pausas, disfrutas o te rindes.