¿Por qué no me sale bien?

La gran pregunta ¿Por qué no me sale bien?

Te mueves, trabajas para que tu proyecto, tu creación haga ruido, para que llegue al público, llegue al exterior.  Después llega la frustración de ver que todo el esfuerzo no da los resultados esperados.

¿Por qué tus proyectos, tus ideas, tus metas no salen bien?¿por qué se postergan, se diluyen, se paran?

Quizás sea porque no sabes exactamente qué necesitas hacer.

Quizás porque no sabes hacer lo que necesitas hacer.

O quizás sea porque te da miedo enfrentarte a algo nuevo, a lo que realmente debe hacerse.

Después llega la frustración.  La que te limita.  La que impide moverte.  La que te provoca hastío. La que pone en palabras y pensamientos de los que te observan -aquellos que no se mueven y continúan por el camino de la burocracia rígida- el famoso “te lo dije”.

Pero…

Te explicaré algo sobre la frustración: quien no se frustra no avanza.  Quien no se ha frustrado nunca vive en la complacencia de un éxito engañoso.  Quien no se ha frustrado alguna vez no se levanta al caer, se queda en el suelo víctima de la queja, atrapado en ella.

Te diré algo más sobre la frustración, te enseña algo importantísimo: cómo levantarse de nuevo con una nueva actitud.  Te vuelve creativo.  Te vuelve más atento.  Te vuelve más sabio.

Así después de la rabia, enfado, hastío cuando llegues la frustración recuerda para qué sirve.  Recuerda su aprendizaje.  Recuerda que te enseña algo más que puedes hacer.

Puedes cambiar de modelo,  diseccionar tu proyecto, globalizarlo, simplificarlo, abrir un nuevo camino, o simplemente probar, probar y probar.

Frustrarte sobre todo te enseña a lidiar con tu miedo, porque tu miedo es el factor limitante de que tu proyecto no se lleve a término.

Fluye en tu proyecto, cree en ti mismo, se creativo, trabaja con alegría y deja que el universo ponga las cosas en su lugar.

Es mucho más fácil de lo que crees.

Lo que es importante

El ser humano no deja de sorprenderme en una u otra dirección.  Esta vez me asombra la capacidad que tiene de quitar valor a un gesto y añadir una falta.  Cualquier tipo de falta, da igual.

El hacerlo da un falso poder a su creador, que en realidad no ha generado nada creativo, sólo crítica.

El hacerlo da pie a reducir las ilusiones de la persona creadora, que en su hastío deja de crear.

Recuerdo que hubo una época en que también fui así.  Tomé el «sí me gusta pero…» o el «deberías añadir…» o el «lo que tienes que hacer es…» como bandera, justificándome en que era una persona muy sincera, o muy transparente o muy a saber qué…

Afortunadamente aprendí y maduré.

Hoy disfruto del texto bien o mal escrito, me quedo con su esencia, con su aprendizaje, con su vida y su color.  Da igual si le faltan comas, acentos, citas o nombres.

Hay un cuento zen que narra la historia de una persona sin recursos que pide ayuda a un maestro, este le habla de una habitación con monedas de cobre que podría recoger.  Le lleva hasta el lugar y abre la puerta.  El hombre sale de la habitación con las manos llenas de monedas de cobre totalmente agradecido.  El maestro le dice «teniendo una habitación llena de monedas de oro, ¿por qué has elegido las de cobre?»

¿Por qué? porque tan solo iba a buscar eso, el cobre.  De la misma forma que tan solo se busca el fallo, para tener esas milésimas de poder.

Empecemos a marcar una diferencia, empecemos a ver las monedas de oro junto a las de cobre, junto a la habitación con luz, junto a la generosidad del maestro, junto a la curiosidad del pobre.

Nada es perfecto, siempre habrá algún error para el gusto de todos.  En un río a unos les gustará una cosa, a otros otra y a los que menos casi todo.

Tomemos todo el río, el agua, su frescura, su arena, sus guijarros, su orilla, su vegetación, su alegría y sus sonidos.

No nos quedemos tan solo con su humedad.

Diana Llapart

Cuando hagas algo, simplemente hazlo

Ayer domingo, mientras hacía deporte, pasé por un parque.  En una de las zonas de toboganes y columpios un padre se reía con su hija de apenas dos años mientras la hacía bajar por el tobogán, toda una aventura según mostraba su cara.  Cuando tocaba el suelo brincaba y corría de alegría para el mayor gozo de padre.

En otra de las zonas, una madre columpiaba a su hijo de la misma edad pero en lugar de disfrutar con él la experiencia de poder volar sin alas (eso creía yo de niña cada vez que me montaban en un columpio, pidiendo más alto, más alto) empujaba mecánicamente al pequeño mientras se reía con un chat del watsapp.  El niño miraba hacia la otra zona con envidia y si pudiera hablar y expresar lo que sentía, seguro que le hubiera dicho a su madre que el columpio, el parque o la salida no tiene sentido si no va acompañada de la atención e implicación de su madre/padre.

Los hijos quieren momentos de calidad con sus padres, sea en el parque, en disneylandia o en su salón.

La conclusión de esta pequeña visión o momentum no es otra que vivir lo que estás haciendo, sea lo que sea.  Si corres, corre.  Si cocinas, cocina.  Si pasas tiempo con tus hijos, disfruta el tiempo con tus hijos.  Si estás con tu pareja, amigo o conocido, disfruta.  Si miras una puesta de sol, mira.

Deja a un lado la tecnología, la foto, los pensamientos y el futuro.  Tan solo vive el momento.

Así de fácil.

Diana Llapart

 

¿Por qué te caes?

Una lección se repite hasta que se aprenda.  Puedes cambiar de trabajo, de pareja, de lugar huyendo de esa misma lección, no funcionará.  Tendrás de nuevo una situación similar con diferente cara, diferente trabajo o diferente localización.  Hasta que no te enfrentes a él y los soluciones, no dejará de seguirte.

¿Cómo?

Tal y como dijo Einstein, si quieres resultados diferentes, haz algo diferente.

Hoy os dejo un extracto de mi nuevo libro «Las historias de Ojiisan» muy relacionado con lo descrito.  Espero que os guste.

Kodomo se había levantado de mal humor. Desde que se había  despertado todo le salía mal, parecía que su mal humor no cesaba de crecer y con él los despistes: se golpeaba con distintos objetos debido a su falta de concentración y el desorden de su habitación.  Su madre le había llamado varias veces la atención por sus malas contestaciones, pero él simplemente no podía evitarlo, estaba molesto y enfadado con el mundo y éste tenía que enterarse, aunque él no supiera muy bien el por qué de su estado de ánimo.

“cambia de actitud o tu día se torcerá mucho más aún” le había advertido su madre, pero kodomo simplemente no tenía ganas de estar ni de sentirse de otro modo.  Estaba de mal humor y así seguiría hasta que encontrara un buen motivo para cambiar de opinión.

Y de esta manera salió Kodomo aquella mañana de su casa, mirando sus pies y el camino tan familiar de tierra que cada día andaba para llegar al colegio.  Distraído se percató que uno de los cordones de sus zapatos estaba sin atar.  Automáticamente le vino a su pensamiento el  buen anciano Ojiisan y lo que diría si viera ese detalle.  Más enfadado aún por ese pensamiento le dijo a su propio zapato:

Pues así te vas a quedar, no tengo ganas de atarte ahora ¡y probablemente no te ate nunca más!

Kodomo era consciente de que cuanto más tiempo pasaba enfadado, mayor era su ira.  Pero lejos de querer cambiar esa actitud, la alimentaba cada vez más dando vueltas en su cabeza a lo mal que se portaba todo el mundo con él; perdido en sus pensamientos su pie izquierdo pisó el cordón desabrochado, lo que le hizo tropezar.  Kodomo dio tres pasos en falso antes de recuperar el equilibrio y cuando lo hizo se volvió a dirigir a su pie:

¿qué te has pensado, que ganarás tú? ¡Ja! Ni en tus mejores sueños voy a volverte a atar…

Para entonces Kodomo estaba próximo a la casa de Ojiisan, quien sentado en su taburete a la entrada de su casa le miraba intrigado.

El niño se colocó bien la chaqueta, apretó fuertemente los dientes y con el entrecejo fruncido y la vista fija en el camino, comenzó a caminar de nuevo.  Poco le duró la estabilidad, ya que a los tres pasos, de nuevo volvió a pisarse los cordones y otra vez tropezó.  Esta vez no pudo mantener el equilibrio y totalmente desequilibrado el niño preparó su cuerpo para el impacto contra el suelo.  Para su sorpresa  eso no ocurrió, en su lugar unos brazos fuertes le agarraron antes de que tocara la tierra del camino.

Kodomo alzó la vista y pudo ver la sonrisa amable de Ojiisan.

-Parece que estamos tan sumidos en nuestros propios pensamientos hoy, que los zapatos han salido sin atar –dijo el anciano al niño, aguantando aún su peso entre sus brazos.

-¡No te he pedido que me ayudes, es más, no necesito la ayuda de nadie!-respondió Kodomo.

Sin inmutarse por la mala contestación Ojiisan le contestó:

-Veo que hoy no es tu mejor día y que estás de muy mal humor.  Hablar libera y ayuda ¿te gustaría explicarme qué te ocurre?-ofreció el anciano.

-¡Te he dicho que no necesito la ayuda de nadie, estoy de mal humor y eso no va a cambiar hoy!¡Todo me sale mal y todo está contra mí! a si que… ¿por qué no me dejas en paz?

-Como quieras-dijo Ojiisan, y dicho esto soltó la sujeción de los brazos del niño, el cual se precipitó contra el suelo.

-¿Te sientes mejor ahora?-le preguntó inclinándose para mirarle.

El enfado de Kodomo iba en aumento, su uniforme estaba lleno de polvo del camino y estaba totalmente desconcertado con la actitud del anciano.

-¿por qué me haces esto?¿por qué tú también te vuelves contra mí?¿por qué siempre tengo que ser yo el que pierda, o el que pague por todo, o el que siempre se caiga?

Ojiisan se inclinó aún más sobre el niño y mirándole a los ojos le dijo suavemente mientras de nuevo le cogía del brazo para ayudarle a levantarse:

-¿por qué te caes Kodomo?

-¡ya te he dicho que no lo sé! Parece que todo el mundo se alegra cuando lo hago- contestó el niño con lágrimas en los ojos mientras de nuevo se ponía en pie.

Poco le duró su estabilidad ya que con su siguiente paso los cordones volvieron a enredarse y de nuevo perdió el equilibrio.  Esta vez Ojiisan no se movió para ayudarle,  y Kodomo cayó de nuevo al suelo.

El anciano volvió a preguntar:

-¿por qué te caes Kodomo?

Para entonces las lágrimas rodaban libres por las mejillas sucias de tierra del niño, que de rodillas en el camino sollozaba sin parar.  De repente Kodomo dejó de llorar y comprendió.  Miró al anciano y con voz titubeante contestó:

¡Para volverme a levantar! Una sonrisa eufórica y llena de orgullo iluminó el rostro de Ojiisan mientras decía:

-¡Eso es! ¿y… qué marca la diferencia?

Kodomo se quedó pensativo durante unos minutos, aún sentado en el suelo.  Su vista se posó sobre el cordón desatado que tantos problemas le había originado esa mañana;  suavemente lo ató y se aseguró con un doble nudo que no se volviera a desatar.  Después se puso de pie y mirando a Ojiisan con una gran sonrisa y seguro de su respuesta, contestó:

-La actitud con la que decides levantarte de nuevo.

Kodomo abrazó al anciano fuertemente mientras le decía – Gracias Ojiisan, gracias por enseñarme algo tan importante-.

Ojiisan emocionado sacudió ligeramente las ropas del niño.

-Vamos dentro Kodomo, aún tenemos tiempo de adecentarte un poco para que llegues presentable al colegio.

Diana Llapart