La historia que nos define

Todos tenemos una historia que nos define, una mejor, otra peor, pero ninguna de ellas es extremadamente inaceptable.

Nadie es tan inaceptable para atreverse a decir  «voy a tratar mal, ser injusto o brutalmente implacable con tal o cual persona aunque no se lo merezcan».  Por mucho que pensemos que hay sujetos así, la verdad es que no hay nadie tan inaceptable.

Algunos sí se atreven a mostrar su historia diciendo algo así como «ahora que lo tengo comiendo de mi mano voy a  demostrar mi poder sobre él/ella tan solo porque puedo hacerlo».

Y realmente es muy poco frecuente encontrarte con un narcisista ególatra que expresa públicamente que es el centro del universo y que todos deberían adorarle simplemente porque se lo merece.  Aunque alguno hay por ahí…

Todos tenemos una historia que nos define y que defendemos al interactuar con otros.  Es la historia que nos repetimos para demostrarnos o justificar lo que hemos construido, cómo hemos llegado aquí o las prioridades más urgentes que queremos conseguir. Nos la repetimos como un mantra, una y otra vez.  En ocasiones para justificar lo hecho -aunque no siempre nos haya gustado- otras, para desterrar la desilusión o el miedo de haber podido elegir otro camino.

Para ser fiel a la verdad hay que decir que esa historia tan bien construida que disculpa cada uno de nuestros actos no es real.  Tan solo es nuestra propia versión, la cháchara mental de lo que nos ocurre; una mezcla de excusas, de nuestra propia percepción y de inseguridad que teje una perfecta historia para poder explicar, para poder seguir en la lucha -sea la que sea-.

Y la historia la escribimos con nuestras quejas, resentimientos, amores o percepción de privilegios tanto propios como ajenos.

Nadie es inaceptable, o mejor dicho, nadie cree ser inaceptable, o borde, o intransigente.

Es por ello que cuando alguien se atreve a cuestionar, preguntar u opinar en contra de esa historia tan bien construida no reaccionamos nada bien.  No lo hacemos porque la propia historia se ha convertido en todo nuestro mundo, tanto, que nos es imposible ver más allá.

Y cuando una persona nos aporta una visión del universo en lugar de tan solo nuestro pueblo natal reaccionamos con ira porque nuestra propia historia nos vuelve ciegos.  Ver el universo a través de los ojos de otra persona requiere un esfuerzo que no estamos dispuestos a hacer.  Requiere salir de nuestra zona de confort, reescribir la historia, reescribir los objetivos, encauzar la propia vida que vivimos. Requiere abrir la mente a otras posibilidades, a otras formas de pensar.  Requiere ver más allá.

El cambiar la historia es posible, pero requiere tiempo y sinceridad con uno mismo.  La ventaja cuando lo haces es que dejas de culpar al mundo externo de lo que te ocurre, te abres a él y permites que tu visión de las cosas se amplíe.  Cuando más amplia sea tu visión, más oportunidades tienes de que te ocurran cosas diferentes.

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¿Valió la pena?

Hay una cosa clara: todo lo que hagas tiene consecuencias.

La cuestión es si tus acciones te hacen sentir bien.

Si lo que creas, de palabra o acción, te hace sentir pleno.

Si lo que dices construye y no sólo te hace sonreír a ti, si no también a quien te rodea.

Si en ese momento único contigo mismo, por la noche al cerrar tus ojos para recibir el tan necesario descanso, lo haces en paz y en alegría.

Si la respuesta es sí el camino tan solo puede depararte éxito en todos los aspectos de tu vida.

Si la respuesta es no deberías plantearte si las consecuencias de esos actos, esas palabras o esas acciones valieron la pena.  Si valió la pena entristecer, llenar de ira o decepción el corazón de alguien.  Si valió la pena el querer tener razón, el orgullo y el distanciamiento de aquellos que un día quisiste. Si valió la pena hacer daño gratuitamente, algo difícilmente reparable.

¿Lo ha hecho?

Quizás deberíamos recordar todos que la razón es universal y se crea con el conjunto de opiniones.  Que el amor transciende fronteras, hasta las más duras.  Y que nunca vale la pena entristecer el alma de alguien simplemente por miedo o ansia de poder, sea del tipo que sea: energético, político o monetario.

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